¿Por qué el mundo es más violento?


La maldad siempre ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad, pero, en estos últimos años, los casos de violencia y de odio han proliferado aún más. Por otra parte, la cifra de los crímenes y delitos también aumentaron considerablemente.

De acuerdo con un estudio publicado el año pasado, por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), en 2017 murieron 464.000 personas en todo el mundo víctimas de homicidio. Los crímenes, según los resultados, incrementaron en el último cuarto de siglo.


Al prender el televisor o al leer una noticia en un portal online, nos encontramos con hechos aberrantes que, incluso, son difíciles de asimilar: padres que abusan de sus hijos, hijos que agreden a sus padres, tráfico humano, delincuencia, casos de corrupción, entre otras atrocidades.


El origen de la maldad

Los primeros habitantes de la Tierra, Adán y Eva, disfrutaban de la plenitud de Dios en el Jardín del Edén, y todo era diferente de lo que sucede hoy en día. No había problemas ni motivos para entristecerse, al contrario, todo era paz y armonía. Sin embargo, cuando escucharon la sugerencia del diablo (serpiente) y desobedecieron, la maldad entró en el mundo.


Por esta razón, las personas se encuentran lejos de Dios, desprotegidas ante las embestidas del diablo. Y los espíritus buscan controlar las mentes de las personas y convertirlas en prisioneras de sus voluntades.

La única manera de liberarse de la maldad es alejarse del pecado y tomar la actitud de acercarse a Dios para empezar una nueva vida:


“Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos, avaricia, que es idolatría (…) Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestidos del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno…” (Colosenses 3:5,8-10).

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